Más que un destino, un regreso al origen
Un espacio que acompaña a niños y jóvenes adoptados en el extranjero en su viaje hacia sus raíces colombianas

Casa Alta no es solo turismo. Es regreso.
Casa Alta no es un simple lugar de hospedaje. Es un espacio nacido del alma. Un puente entre continentes.
Un refugio para quienes no buscan descanso, sino respuestas. Aquí, los niños y jóvenes colombianos adoptados en el extranjero no llegan como turistas. Llegan como hijos que regresan a casa.
Volver a las raíces es un acto de sanación.
Las raíces no desaparecen. Aunque el tiempo pase. Aunque el silencio pese. Aunque la distancia duela.
Muchos jóvenes adoptados crecen con preguntas que habitan en lo más profundo: ¿De dónde vengo? ¿A quién me parezco? ¿Qué historia corre por mi sangre?
Casa Alta nace para acompañar esas preguntas con respeto, humanidad y cuidado.

Un espacio que escucha, acompaña y sostiene.
Este proyecto no ofrece únicamente alojamiento. Ofrece presencia. Ofrece orientación. Ofrece escucha verdadera.
Es un espacio reparador donde, la naturaleza abraza, el silencio calma, la cultura reconecta, la memoria encuentra un lugar seguro.
Cada estancia es única. Cada historia es sagrada.

Un espacio dedicado a las familias adoptivas
Casa Alta cuenta con una casa especialmente diseñada para recibir a las familias de niños y jóvenes adoptados. Aquí encontrarán un lugar seguro, cálido y lleno de cuidado, pensado para facilitar el regreso a las raíces y los reencuentros.
Si desean conocer más sobre nuestros programas o planear su estancia, no duden en contactarnos. Estaremos felices de acompañarlos en este viaje único hacia sus orígenes.
De una herida sanada nació Casa Alta



¿Quiere conocer más de la historia de David?
En esta sección podrá encontrar el testimonio de David Pagnotta, que fue adoptado en Francia cuando era niño y quien encontró a su familia biológica gracias al apoyo de Óscar Ruiz, fundador de Casa Alta.
Como muchos otros, crecí con preguntas profundas sobre mi identidad, mis raíces y mi historia. Durante años viví con la ausencia de respuestas y con la creencia de que mi madre biológica había fallecido.
Pero el deseo de comprender mi origen fue más fuerte que el miedo.
En 2022 decidí regresar a Colombia para buscar a mi familia biológica. No fue un viaje turístico. Fue un viaje hacia la verdad.
Acompañado por Oscar Eduardo Ruiz, fundador de Casa Alta, inicié una búsqueda que cambiaría mi vida para siempre… y que daría nacimiento a una misión más grande que nosotros. Lo que sigue no es solo un testimonio. Es la historia real que inspiró la creación de Casa Alta.
Antes de partir hacia Colombia, estaba lleno de dudas, de miedo, pero sobre todo de un deseo inmenso de saber: ¿por qué había sido separado de mi familia biológica?, ¿por qué ese vacío desde siempre? Pero no estaba solo.
Oscar Ruiz, a quien considero un hermano mayor, me ayudó enormemente. Él conocía personas en Colombia y su tía vivía en Yopal, en el departamento de Casanare, no muy lejos de donde mi familia había vivido antes.
Esa tía fue un verdadero ángel en mi camino; conocía la región, la gente, las historias, las voces, y gracias a ella ocurrió algo increíble: contactó a la emisora local del Casanare y les habló de un joven que venía de lejos en busca de su madre y de su padre.
La radio difundió mi historia con un mensaje sencillo pero lleno de esperanza: “Un joven está buscando a sus padres biológicos. Quiere encontrar a su madre y a su padre.” Ese mensaje atravesó las ondas, las montañas y los pueblos… y llegó hasta mi madre. Ella lo escuchó y quiso verme. Mi padre también.
Cuando llegué a Colombia, mi corazón latía más fuerte que nunca. El primer encuentro fue con mi madre, a quien yo creía muerta porque así había crecido pensando. Y nos vimos por primera vez en una iglesia, un lugar de paz, de silencio y de fe, un lugar sagrado. Allí la vi viva por primera vez en mi vida. No puedo describir ese momento con palabras ordinarias: fue más grande que yo. Temblaba, estaba paralizado, mi corazón explotaba en mi pecho.
Ella me miró, yo la miré, y durante unos segundos nada más existía alrededor. Solo ella. Solo yo. Sentí alegría, sorpresa, rabia, liberación, lágrimas… pero sobre todo, me sentí finalmente completo.
Luego me reencontré con mi padre; fue una emoción distinta, porque había vivido un tiempo con él en el pasado. No era un desconocido total, pero habíamos sido separados. Ese encuentro, aunque menos impactante que el primero, fue igualmente muy fuerte. En sus ojos vi el pasado, el arrepentimiento, la ternura y el silencio. Pero él estaba allí, y yo estaba allí, y era real.